28 de octubre
Todo se desarrolla como siempre: empiezo a ver una luz grisácea, preludio del día, filtrándose a través de la cerrada puerta de mi habitación y la ventana del tejado. Me acomodo e intento seguir durmiendo. Es sábado y estoy en mi derecho, hoy no tengo que salir corriendo hacia la Universidad...hoy no hay prisas, ni las habrá hasta que mis padres empiecen a decir que si no me levanto ya, me quedo sin desayuno...y para cuando ese momento llegue, me sentiré bastante descansado. En realidad no es que necesite dormir más, es simplemente la satisfacción de poder quedarse un rato tranquilo, sin hacer nada, un par de días a la semana.
La primera llamada se deja oir desde el piso de abajo: "Chicooos, a desayunaaar". Musito un poco convincente "Ya voooy" y vuelvo a cerrar los ojos. Solo un ratito más...
La segunda llamada llega al cabo de un rato. Empiezo a oir signos de actividad en la planta de arriba: mis hermanas ya están en danza. Habrá que seguir su ejemplo tarde o temprano...
Sin dar lugar a una tercera llamada, me desperezo, retiro la colcha, la manta y la sábana (ya hace frío desde hace unos días), me vuelvo a desperezar y me dirijo hacia la puerta tras calzarme mis zapatillas. Abro y salgo.
Todo se sigue desarrollando como siempre: voy al baño, me lavo la cara y bajo a desayunar. Es al llegar al porche, donde está toda la familia, cuando las cosas se empiezan a desarrollar de manera diferente: no todos los días recibe uno felicitaciones sin haber hecho absolutamente nada; no todos los días se pasa uno la mañana atendiendo llamadas al teléfono y respondiendo mensajes al móvil; no todos los días tus conocidos se muestran especialmente sonrientes cuando te ven (aunque, por lo que yo sé, les caigo bien, que quede claro), y no todos los días uno se plantea la absurda pregunta de "¿En qué va a cambiar mi vida a partir de ahora?" (Bueno, quizá esto último sería más típico hace un año). Y seguramente el hecho de que no sea así todos los días es lo que hace este 28 de octubre tan especial para mí...
Porque desde hoy, es un año más el que (de momento no, pero en un futuro seguro que sí) curvará mi espalda. Y ya van diecinueve...
La primera llamada se deja oir desde el piso de abajo: "Chicooos, a desayunaaar". Musito un poco convincente "Ya voooy" y vuelvo a cerrar los ojos. Solo un ratito más...
La segunda llamada llega al cabo de un rato. Empiezo a oir signos de actividad en la planta de arriba: mis hermanas ya están en danza. Habrá que seguir su ejemplo tarde o temprano...
Sin dar lugar a una tercera llamada, me desperezo, retiro la colcha, la manta y la sábana (ya hace frío desde hace unos días), me vuelvo a desperezar y me dirijo hacia la puerta tras calzarme mis zapatillas. Abro y salgo.
Todo se sigue desarrollando como siempre: voy al baño, me lavo la cara y bajo a desayunar. Es al llegar al porche, donde está toda la familia, cuando las cosas se empiezan a desarrollar de manera diferente: no todos los días recibe uno felicitaciones sin haber hecho absolutamente nada; no todos los días se pasa uno la mañana atendiendo llamadas al teléfono y respondiendo mensajes al móvil; no todos los días tus conocidos se muestran especialmente sonrientes cuando te ven (aunque, por lo que yo sé, les caigo bien, que quede claro), y no todos los días uno se plantea la absurda pregunta de "¿En qué va a cambiar mi vida a partir de ahora?" (Bueno, quizá esto último sería más típico hace un año). Y seguramente el hecho de que no sea así todos los días es lo que hace este 28 de octubre tan especial para mí...
Porque desde hoy, es un año más el que (de momento no, pero en un futuro seguro que sí) curvará mi espalda. Y ya van diecinueve...